Lunes, 16 Abril 2018 19:35

“CADA ACCIÓN MARCA UNA HISTORIA EN EL NIÑO. SI ESO LO TENGO PRESENTE PUEDO CAMBIAR MI ACTITUD”

Entrevista a la neurosiquiatra, Amanda Céspedes.

“Hay dos cosas que necesita una semilla: tiempo y estímulo”, afirma el profesor de música Shin'ichi Suzuki (creador del Método Suzuki para el aprendizaje musical). Y en el desarrollo infanto-juvenil, los estímulos han de venir necesariamente de otro, y ese otro es el adulto, declara la neurosiquiatra Amanda Céspedes, en su libro: “Educar las emociones, educar para la vida”.

La especialista afirma que la educación para la paz no puede seguir siendo una tarea improvisada en la que se repiten modelos erróneos que perpetúan la violencia social. En esta labor, el estímulo afectivo nutrido por la aceptación, el respeto, la valoración, la expresión del afecto, la comunicación efectiva, implica el compromiso del adulto con el amor.

Esta reflexión nos lleva a preguntarnos ¿qué es vital que se atienda en los niños y jóvenes para una eficaz educación socioemocional? ¿cómo el adulto puede vivir en armonía emocional desnaturalizando con ello el mal trato y la violencia?

En la entrevista, conversamos con la médico cirujano de la Universidad de Chile, Amanda Céspedes, especialista en neuropsiquiatría infanto-juvenil. Posgrado en neuropsicología y neuropsiquiatría infantil en la Universitá degli Studi de Turín, Italia. Académica y autora de una docena de libros entre los que destacan, “Esos locos bajitos”, “Niños con pataletas, Adolescentes desafiantes”, “Educar las Emociones”, entre otros.

Amanda ¿qué la llevó a dedicarse al estudio del desarrollo infanto-juvenil?

Mi crianza. Somos cinco hermanos, pero mi hermana gemela y yo, no crecimos con nuestros padres, crecimos con cinco tías y un tío (hermanos de mi padre). Dos de ellas eran profesoras normalistas, eran personas muy especiales con quienes crecimos y vivimos una infancia mágica y feliz. Nos trataban con un respeto supremo y tenían consideración hacia nosotras. Nunca tuvimos un castigo, ni gritos, todo fluía de manera muy respetuosa y cuando había que reprendernos lo hacían conversando. Ese mismo trato de cordialidad y capacidad de escucha hacia el niño, lo veía en el aula con sus alumnas. Eso, sin darme cuenta, me marcó. Y cuando me dediqué a la psiquiatría infantil, esa fue mi impronta, validar a los niños, valorarlos, hacerlos sentir persona.

Cuando trabajé en el Hospital Calvo Mackenna, salvo algunos casos, veía que trataban a los niños como cosas y mientras más pobre era el niño, el trato era más indiferente. Empecé a mirar a las familias, si acaso se repetía el modelo que tuve en la niñez y me di cuenta que no, que era un modelo poco habitual, al contrario, lo que se daba era el mal trato.

Usted no creció con sus padres. ¿Afecta no crecer con los padres o lo que más importa es el vínculo afectivo con un adulto?

Esa pregunta es clave y me la he hecho varias veces. He llegado a la conclusión que no es el núcleo biológico (papá-mamá) lo determinante sino el adulto que acompaña. Puede no ser la mamá o el papá, pero si un adulto guía con un respeto supremo, consideración y disfruta de estar juntos, eso marca la salud mental de ese niño. Pienso que en términos de seguridad emocional no me hizo falta la figura de mis padres.

Por eso me preocupa mucho SENAME, si esos niños tuvieran la suerte de ser tratados como corresponde, probablemente se salvarían a pesar de no estar con sus familias.

Usted habla del crecimiento emocional como un proceso. ¿Qué es lo vital en la etapa infanto-juvenil para un óptimo desarrollo socioemocional?

Hay dos momentos muy importantes en el desarrollo del niño:

  1. En los primeros cinco años, es importante que el niño aprenda a gestionar su miedo.
  2. Y entre los siete y los quince años, que desarrolle autoconciencia en relación al mundo en que vive.

Y en ambos momentos es fundamental el adulto.

En los primeros cinco años, es clave que la presencia del adulto o figura de apego lo acompañe, lo contenga y vaya mostrándole que el mundo es bueno porque los niños en esta etapa sienten miedo de forma natural.  

Y entre los siete y los quince años, el rol del adulto está en saber mostrarle el mundo de forma amorosa y colaborativa. Aquí desarrolla conciencia de sí mismo en “su mundo”. El mundo de cada niño es su familia, su barrio y territorio. Un niño aymara, por ejemplo, tendrá que hacer conciencia de quién es él en el mundo aymara, y así con todo niño.

Un ejemplo. Una profesora de una escuela municipal con 45 alumnos, me contaba que la directora la había llamado para decirle que iba a llegar un alumno nuevo a su clase, y había que integrarlo porque era un niño inmigrante. La profesora comenzó a preparar a sus alumnos, les dijo: “niños, va a llegar un compañero nuevo. Quiero que sean muy cariñosos con él y lo ayudemos porque no habla español. Su nombre es Jean Pierre y es haitiano”. Al fondo de la sala, se escucha a un niño decir: ¡no! un negro, otro ladrón que viene a quitarnos el trabajo y hediondo además, a mí no me lo pongan al lado”. Cuando escuchas eso a los ocho años de edad, te preguntas quién le está mostrando el mundo, quién le está distorsionando la mente a ese niño.


Usted dice que educar para la paz no puede seguir siendo una tarea improvisada y que esto implica un compromiso de los adultos con el amor. ¿Le parece que hemos perdido conexión con el amor? ¿con el vínculo afectivo?

Totalmente. Hay un desarrollo muy individualista y centrado en el éxito. Entonces, los niños aprenden a ser competitivos. Los padres dicen: ¡esto es tuyo! ¡no lo vayas a prestar!”, “¡por qué te pidió el lápiz si él tiene que llevar su lápiz! ¡no prestes nada!”.


TODO ES DE TODOS

Hay una historia que me hace mucho sentido. Se trata de una profesora que estaba formando a niños de una comunidad indígena y un día entra una observadora a la clase. Los niños estaban pintando. Ellos pintaban y se paraban a dejar el crayón en un balde comunitario. Y el observador le dice a la profesora; “¡no!, usted tiene que enseñarles a cuidar sus pertenencias, por lo tanto, repártale una cantidad de crayones a cada niño y que sean de él”.

“Cada acción, cada palabra, cada gesto está haciendo historia en los niños. El vínculo con ellos es trascendente”

FACTOR EXITISMO

¿Qué nos ha llevado a esa pérdida del vínculo afectivo?

Hay muchos factores pero creo que uno importante tiene relación con nuestra mirada de futuro acerca de qué queremos para los niños. Hoy queremos el éxito, entonces ¿cómo definimos el éxito? Y la mirada es muy estrecha, está centrada en tener bienes materiales, subir alto en la escala profesional, pero el éxito es mucho más que eso. Tener éxito es ser una buena persona, que te quieran, ser colaborativo… no recuerdo haber escuchado en mi casa que el futuro dependía de qué iba a hacer en la vida. Me decían; “haga lo que le guste y hágalo bien”.

¿Por qué se naturaliza el mal trato y la violencia?

Hemos sacado lo peor de nuestro mundo ancestral. Tenemos una historia evolutiva donde los primeros hombres eran muy sanguinarios pero también muy buenos. Esa historia y genes ha perdurado, así como la lucha por el territorio. Cada vez que pensamos, “esto es mío”, engendramos la violencia. Y lo otro, la falta de amor y de respeto. Me he quedado pensando en la historia de Nicolás Cruz, el joven de 19 años que mató a 17 personas en un tiroteo en Estados Unidos. Perdió a su papá y a su mamá. Si miras la historia de ese joven, la falta de amor es un denominador común. Y esa falta de amor deriva en violencia ciega.

Cuando habla de decodificar las emociones, de observar las necesidades del otro, ¿significa que podemos leer esa falta de amor en las conductas?

Por supuesto. No puedo concebir que nadie haya leído la soledad y la falta de amor de este joven. Solo vieron conductas problemáticas pero tenemos que preguntarnos ¿qué hay detrás de esas conductas?

El autoritarismo, el castigo, ¿surge de pensar que existe una única verdad?

Claro, al pensar eso el adulto cree que su función es evitar que el niño tome el camino torcido. Un padre golpea a su hijo pero piensa que lo tiene merecido, es decir, valida la acción. El padre maltratador dice ¡yo soy el padre, le tengo que enseñar!

El error es creer que a los niños se les educa por imposición. UNICEF dice que educar es colocar en el niño algo que no tiene para su pleno bienestar, digo ¡cómo nadie dijo nada! Es una falacia. Los niños tienen todo. Son como una semilla, crees que dentro de ella hay un árbol. Ellos tienen todo, lo que tenemos que hacer es acompañarlos.

Hoy en la relación entre padres e hijos lo que más vemos es la reacción ¡cállate! ¡apúrate! Y uno dice ¿por qué no se lo dice de otra manera?

¿Qué cambios necesitamos hacer para vivir en armonía emocional?

Diría que combatir la ignorancia. Sacar concepciones erróneas por concepciones nuevas. Para esto habría que demostrar que esto funciona. Si en 90 días tratas bien a un niño nunca más podrás tratarlo mal. Y ese niño se va a transformar.

¡AQUÍ MANDO YO! : EL GERMEN DE VIOLENCIA

Para eso, la transformación del adulto es fundamental…

Así es. Una profesora en clases de religión en un colegio de niñas repasaba “El Arca de Noé”. Y de pronto, se levanta una mano y una niña dice; “yo creo que usted está equivocada. Primero porque las especies en el planeta son más de 200 mil, cómo Noé iba a meter una pareja de cada especie en un arca tan pequeño si son tantos. En segundo lugar, hay especies depredadoras, ¡cómo los iba a poner juntos! La profesora sintió que se le desestabilizaba el piso y le dijo; ¡fuera! ¡porque alumnas ateas no tengo en mi clase!

Imagínese que oportunidad más linda de conversar respecto a qué piensan los estudiantes de la situación, pero “el aquí mando yo”, es el germen de violencia posterior. Y si no se les deja expresar a los niños se produce mucha violencia.

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